Enfado

El enfado. 7 pasos para hacerle frente.

El enfado se basa en expectativas. Esperamos que la gente nos trate de forma justa, y no lo hacen. Esperamos que los niños respeten las órdenes de los mayores, y no lo hacen. Esperamos que el gobierno atienda a nuestras necesidades, y no lo hace. Esperamos que la impresora responda según nuestros deseos, y no lo hace. Cada vez que hay un vacío entre la expectativa y la realidad, asoma la ira, que intenta ir más allá que simplemente solucionar ese vacío. Cuando nos enfadamos porque alguien rompe una regla personal nuestra, viola un contrato, o actúa contra nuestros deseos y lo que nos parece mejor, queremos ir más allá. No solo que se haga lo que yo quería, además queremos corregirle, darle un escarmiento, evitar que lo vuelva a hacer. No suele funcionar nada bien, pero en ese momento pensamos intensamente que “es lo correcto”.

En nuestra experiencia trabajando con personas violentas y con problemas de control de impulsos y adicciones, y con adolescentes y sus padres, hemos visto que la gente comete recurrentemente los mismos errores, y que se benefician de trabajar en estos pasos.

 

Preparación: Sopesar tus opciones.

Lo más básico en el manejo del enfado es reconocer que es tu elección, o que tienes otras opciones además de estallar. Hay una miríada de cosas que no controlamos: el tiempo, el pasado, el comportamiento de otros, pensamientos intrusivos, sensaciones físicas, e incluso emociones. Pero hay algo dentro de todas estas cosas que sí está bajo nuestro control absoluto: la capacidad de elegir. Elegimos qué hacer si amenaza lluvia (coger un paraguas), lo que aprender de experiencias pasadas, cómo responder ante lo que hacen los demás, y cómo actuar cuando nos viene un pensamiento intrusivo, o una emoción, o sensación. ¿Eliges centrarte en lo que está fuera de tu control o en lo que sí puedes manejar? Lo primero no es útil.

Una técnica sencilla y que puede aportar mucho para aclararse y ayudarse a ver las cosas con objetividad es hacer el clásico análisis de ventajas y desventajas. Piensa en alguien que admires por su forma de manejar los enfados. Puede ser un conocido o incluso tú mismo en la versión mejorada que te gustaría ser y con la que frecuentemente fantaseas. ¿Cómo describirías el estilo de manejo del enfado de este modelo a imitar? Puede que lo describas, por ejemplo, así: “Trata de observar y atender a lo que sucede buscando soluciones más que desahogar su molestia. Se centra en el problema e ignora otras cosas que sea irrelevantes. Se mantiene calmado y respetuoso, aunque no esté de acuerdo y no le guste lo que le dicen o sucede. Si se molesta, o decepciona, e incluso si se enfada, no actúa de forma agresiva, porque sabe que no le servirá de nada más que para empeorar las cosas y sufrir. Piensa en qué es útil decir o hacer y qué no. Pero sobre todo, es compasivo con el punto de vista y los errores del otro, trata de dar ejemplo, y es asertivo -defiende su opinión sin pisotear la del otro- “.  Anótalo. Pero recuerda que debe ser alguien que admires y respetes por cómo lo hace.

Ahora, divide un folio en cuatro cuadrantes y escribe sobre cada uno estas preguntas:

  1. ¿Cuáles son los beneficios y ventajas de actuar con enfado?
  2. ¿Cuáles son los costes y desventajas de actuar con enfado?
  3. ¿Cuáles son los beneficios y ventajas de actuar como el modelo?
  4. ¿Cuáles son los costes y desventajas de actuar como el modelo?

Aquí tienes un ejemplo:

Ventajas de enfadarse.

Desventajas de enfadarse.

-Así me respetan.

-Me desahogo.

-Puede empeorar la situación.

-No resuelve nada.

-Me consume bienestar.

-Preocupo con mis enfados a familia y compañeros de trabajo.

-Luego me arrepiento de lo que he podido decir o hacer.

-Es difícil retirar un insulto o pedir perdón.

-La gente se cansa y me evita.

 

Ventajas de controlarse/actuar como el modelo.

Desventajas de controlarse/actuar como el modelo.

-No refuerzo la tendencia a cabrearme.

-Me centro en soluciones.

-Gano en calidad de vida.

-Doy ejemplo a mis hijos.

-Mi pareja estará más contenta.

-Estaré orgulloso de mí mismo.

 

-Me tomarán por un blando.

-No escarmentarán.

-No se enterarán de cómo me afecta eso que me enfade.

 

IMPORTANTE: observa que el primer paso es simplemente apuntar lo que piensas. Más adelante tendrás que criticar eso que has puesto. El ejemplo nuestro está lleno de ideas equívocas, ya que pensar que “si uno no muestra su enfado le tomarán por un blando”, o que “así los demás le respetarán”, no es cierto.

Aunque no controlemos al 100% nuestra ira, no todos elegimos actuar de forma agresiva o violenta (insultos, desprecios, portazos, gritos, amenazas, ataques). Podemos estar enfadados de forma pasiva, enfadados de forma agresiva, enfadados y pasivo-agresivos, o enfadados y asertivos. Es nuestra elección. Somos libres de elegir, pero no de las consecuencias de nuestra elección.

El enfado hace parecer que no podíamos controlarnos o no teníamos elección. Esto es falso. Sí la teníamos, pero elegimos dejarnos llevar. Fácil a corto plazo; difícil a largo plazo.

La gente nos comenta que tras un enfado le cuesta recordar lo que ha hecho o dicho. Esto se debe aparentemente al efecto de la adrenalina, pero no recordar no significa que en ese momento no se tuviese la capacidad de elegir y decidir voluntaria y conscientemente.

También está muy extendida la creencia de que desahogar la ira de un modo “controlado” (golpeando un cojín, o pateando un contender de basura) es positivo. No lo es. Aparentemente alivia, pero en realidad lo que se consigue es educar a nuestro cerebro en que liberar al dragón es bueno.

La ira afecta negativamente a nuestra salud (problemas arteriales), a nuestras relaciones personales, laborales, aumenta el riesgo de cometer un acto violento o una agresión, genera culpa, y soledad.

 

1.Una regla tipo “debería” es infringida.

Algunos de nuestros esquemas y pensamientos de cómo funciona el mundo o cómo “debería” funcionar, se vuelven muy rígidos e inflexibles. Son pensamientos automáticos que denominamos “deberías”. “No debo fallar”, “Debo hacerlo todo bien”, “No deben faltarme al respeto”, “No debo ofenderle”, “Debe tratarme como le trato yo”, “Debe salir todo bien… ¡Esto no debería haber pasado!”. ¿Te suena decirte algo así o por lo menos experimentar un sentimiento acorde?

Acepta la realidad. Las cosas no “deben” ser como tú deseas sólo porque tú así lo exijas. ¡Qué paradoja sería! Tú exigiendo que gane tu equipo y yo que gane el mío.

Nos decantamos a actuar de un modo u otro según nuestros valores. Cuando algo te enfade, frustre, o decepcione, pregúntate: “¿Qué temo que suceda si se rompe esa regla”? Pensamientos como: “Debería prestarme atención”, pueden implicar el temor a perder una relación, el afecto, o la importancia. Pensar: “No debería interponerse en mi camino”, puede mostrar preocupación por la libertad, la independencia, o progresar. De nuevo, no podemos controlar a los demás, quizá en todo caso, influirles en alguna medida con nuestro comportamiento, pero solo podemos controlar precisamente eso, nuestro propio comportamiento.

Mira a largo plazo. ¿Qué quieres conseguir y qué debes hacer para acercarte a ello? ¿Quieres que se te tema o que se te respete? ¿Qué hacen las personas que tienen tu respeto? ¿Cómo actúan cuando un cliente molesto les gruñe, un jefe fuera de control les insulta, o sus hijos le ponen a prueba? Puede ser útil anotar exactamente lo que hacen o crees que hacen (ser justos, honestos, resolutivos…). El objetivo es ser parte de la solución, no del problema.

 

2. ¿Qué te duele?

El segundo paso es hacer introspección para averiguar qué es lo que realmente nos duele cuando se rompe esa norma tan importante (aunque posiblemente no realista) para nosotros. Algunas reglas son más influyentes en nuestra autoestima, y otras menos. El motivo real de nuestro enfado puede residir en una creencia sobre nosotros o los demás. Si pienso que alguien se burla de mí puedo sentirme herido porque me comparo con los demás y me siento inferior, o bien que me indigna que no me traten con el altísimo respeto que creo que merezco y exijo.

 

3. Pensamientos calientes.

El tercer escalón en este proceso es responder a esos pensamientos disparadores (reactivos) de furia con otros más equilibrados, sensatos, realistas y útiles (reflexivos).

Reactivo: “¡Cómo se atreve!”

Reflexivo: “Cree que así me ayuda”.

Reactivo: Es estúpida.

Reflexivo: Es humana.

 

4. Enfado, rabia, ira.

El cuarto paso es responder a la activación del enfado. Esto puede hacerse a través de la práctica de técnicas de relajación (existen varias, un psicólogo especialista en psicoterapia puede enseñarte y corregirte errores comunes). O podemos redefinir el enfado en sí mismo: el enfado es un estallido de energía que pretende hacer frente a un problema. Energía para hacer lo correcto según nuestros valores, principios, o nuestra moral. Así que el enfado es un problema si al usarlo violamos esos valores, como por ejemplo amenazar o atacar a otro de forma que nosotros aborreceríamos si nos lo hicieran. Caer en la hipocresía, para que quede claro.

 

5. Desvinculación moral.

El quinto paso es examinar las creencias que convierten el enfado en agresión. Estas justificaciones que nos decimos en nuestro diálogo interno, son precisamente eso, justificaciones. Nos damos permiso racionalizando (racionalizar es buscar un argumento que parece lógico pero que en realidad no lo es, y pretende aliviar el posible malestar) actos destructivos. “Se lo merece”, “Que tome de su propia medicina para que escarmiente”, “Solo así aprenderá”, “A la mierda; estoy fuera de control”, “No me importa”. Reconocer estos pensamientos requiere práctica, y sinceridad con nosotros mismos.

Es útil recordarnos que aunque a corto plazo pueda parecer la única solución, realmente no lo es, y a largo plazo hay estrategias mejores. Como todo proceso de aprendizaje al principio se tarda más en ponerlo en marcha y en ver resultados, pero luego resulta fácil y cómodo. Cuando vemos a niños que se portan fenomenal y comparamos todos los gritos y amenazas que enfadados damos a los nuestros, pensamos “¡qué padres tan afortunados!”, pero no es cuestión de suerte. Es que se lo han trabajado. Igual que discutir en pareja. Pensamos: “Estoy a gritos con mi pareja un día sí y otro también. ¡Qué envidia me dan las parejas que no discuten!”. Sucede lo mismo. Los roces son inevitables en las interacciones sociales, simplemente existen varias formas de discutir, y tú has elegido hacerlo de una manera u otra.

Por cierto, para obtener y mantener resultados duraderos hay que ser consistente. Si unos días lo resolvemos a gritos y otros dialogando, no habrá resultados.

 

6. Agresión.

Sexto paso: examinar los comportamientos específicos que aparecen (gritar, decir tacos, insultar, notar calor, apretar los puños, sudar, pensamientos concretos). Principalmente se suele ignorar la perspectiva del otro y darnos permiso para atacar bajo la justificación de que “es nuestro derecho y es lo correcto”. Podemos tratar de empatizar con el otro e imaginar su punto de vista. ¿Realmente la intención de este señor es ofenderme? Y aunque su intención fuese esa, ¿significa eso que tiene razón?, ¿voy a dejar que me afecte?

Requiere autocontrol (conductas de las que yo dispongo para controlar otras conductas), pero el autocontrol se aprende y se fortalece con la práctica, como un músculo.

Con ello contribuiremos a:

  • Reducir nuestro enfado.
  • Reducir el enfado del otro.
  • Aumentar la probabilidad de que se nos escuche.
  • Aumentar la probabilidad de un diálogo racional.

 

7. Resultado.

El séptimo paso es reducir el resentimiento y la culpa. Hay quien ve cada arrebato de furia y explosión de ira como un fracaso que se acumula en un ciclo infinito. Examinar detenidamente qué ha pasado es crucial para idear una estrategia y reducir la probabilidad de que vuelva a suceder, sobre todo atendiendo a esos “deberías”, y pensamientos reactivos de justificación y permiso, y buscándoles una alternativa más racional y útil.

Así la próxima vez al identificar que “estoy cayendo oooooootra maldita vez” en lo mismo, nuestro enfado no subirá tanto y tendremos en mente cómo actuar porque ya lo habíamos pensado y escrito la última vez que nos sentamos a examinar el último enfado: “Ya estoy pensando que darle un grito es la única forma de que aprenda, pero nunca funciona, y acabamos a tortas. Siguiendo las instrucciones que me preparé debo hacer lo siguiente…”.

La recompensa es a medio-largo plazo. Si no tienes paciencia, nunca la obtendrás, y seguirás igual, o peor. Predica con el ejemplo.

 

Tendemos a ver el enfado como algo que nos supera y está fuera de nuestro control. Aunque nos de esa sensación no es así. Elegimos actuar así; elegimos “perder el control”. Examinar lo que ha pasado detenidamente ayuda a identificar los errores e idear formas alternativas de actuar como soluciones.

 

¿Deseas aprender?

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10 errores de comunicación que todos cometemos (y cómo resolverlos).

Los problemas de comunicación son la principal razón por la que rompen las parejas. Una encuesta de 2013 señalaba que el 65% de las parejas que acuden a terapia se quejan de los problemas de comunicación en su relación en la primera sesión de consulta psicológica. Pero no solo las relaciones románticas se ven afectadas por la falta de habilidades en la comunicación. Con frecuencia estos problemas son la raíz de muchos conflictos diarios.

A veces fallamos en expresar lo que realmente pensamos, o malinterpretamos las palabras del otro. Sean cuales sean los errores que cometamos, podemos beneficiarnos de ellos si aprendemos a identificarlos y trabajarlos para convertirlos en habilidades de comunicación.

He aquí una lista de los 10 errores de comunicación más comunes (trata de recordar cuándo has podido cometerlos tú, y de imaginarte cómo aplicarías los consejos que te proponemos):

1. No escuchar realmente.

Cuando estamos comunicándonos con alguien a veces no prestamos toda nuestra atención a entender qué quiere decir. Tendemos a mirarle, pero pensando la respuesta que queremos dar o lo que queremos decirle nosotros. Le oímos, pero no le escuchamos. O estamos simultáneamente viendo la tele, el móvil, o fantaseando con otra cosa que nos ronda la cabeza. Atendemos de forma pasiva.

La falta de escucha activa se nota. El otro nos nota ausentes, y recibe pocas señales de que le estamos atendiendo y esforzándonos en comprenderle. Así que corremos el riesgo de que se sienta invalidado, que piense que pensamos que su mensaje no es suficientemente importante para nosotros. Además, perdemos mucha información no verbal que puede ser importante (ojos al borde de las lágrimas, comisuras curvadas, ceño fruncido, mandíbula apretada, cara roja).

Prueba un día, como experimento, a prestar a tu interlocutor el 100% de tu atención. Tratando de memorizar lo que dice, cómo lo dice, e imaginando cómo debe pensar y sentirse para decir lo que está diciendo.

La escucha activa, entre otras cosas, requiere contacto visual, asentir, y hacer preguntas o pedir clarificación del mensaje.

2. Asumir que sabes lo que te quieren decir antes de que el otro termine de hablar.

“Si ya sé lo que quieres decir” o “Ya sé lo que me vas a decir”. A medida que el otro habla damos por sentado no tanto las palabras que va a decir, sino su significado para nuestro interlocutor. Cuando hacemos esto de jugar a “leer la mente” lo único que logramos es perdernos lo que realmente está diciendo.

Nuestro segundo consejo/ejercicio es que en vez de interpretar trates de mostrar curiosidad genuina. Sin juicios. Un folio en blanco a rellenar con su interpretación de los hechos, no la tuya.

3. Interrumpir al que habla.

Interrumpimos con mucha facilidad. Ya sea porque el otro comete un pequeño (o gran) desliz y nos volvemos unos justicieros de la corrección (“Me has cogido sin permiso mis pantalones verdes”, y respondemos: “No son verdes, son amarillo lima”); o porque no nos aguantamos la necesidad de desahogaros y vaciar lo que queremos decir sin esperar ni respetar la necesidad del otro; o porque se nos ocurre una idea que consideramos importante y tememos que se nos olvide; u otras veces como forma de demostrar quién manda.

Consejo: intenta tolerar la frustración de esperar tu turno, y ser respetuoso para poder demandar el mismo trato que tú has dado.

4. Usar mensajes “Tú” en lugar de mensajes “Yo”.

Cuando queremos transmitir nuestros sentimientos lo correcto y lo justo es atribuirnos a nosotros mismos la responsabilidad de tenerlos. Es fácil decir “Tú me haces sentir molesto”, cuando en realidad lo que sucede es: “Cuando tú haces eso, yo me siento molesto”.

El consejo frente a esto: mentalízate de que el único responsable de cómo te sientes eres tú y solo tú. Recuerda que no todos reaccionamos igual ante las mismas situaciones. Y piensa en esto: ¿qué tienen en común respecto a esto las personas más resolutivas y flexibles? Que comprenden la opinión de los demás, pero, sin ser indiferentes, no les martiriza que no coincida con la suya propia.

5. Dejar que tus emociones hablen por ti.

Hay un refrán que dice: en épocas de emociones, no tomes decisiones. Es aplicable a una conversación. Primero es importante a identificar nuestras emociones y el nivel de intensidad, grosso modo, para saber cuándo podemos hablar con calma y objetividad. Si nuestra mente desplaza recursos en atender a las emociones no seremos capaces de hacer una buena transmisión del mensaje, o una buena recepción del mensaje del otro. Para comunicar que estamos enfadados no es necesario (ni útil) decirlo cuando estemos experimentando esa emoción intensamente.

Hay un error muy típico, y es pensar que por experimentar una emoción muy intensamente significa que es importante, que está justificada, y que es legítima.

Consejo: si tus emociones son muy intensas (positivas o negativas) indica a tu interlocutor que necesitas esperar a estar más centrado, y ve a hacer algo para que eso ocurra.

6. No identificar diferencias culturales o generacionales.

Palabras, frases, o expresiones pueden significar cosas distintas en función de la cultura y la edad. En las conversaciones entre padres e hijos, o con personas muy mayores, suelen darse este tipo de confusiones por el “gap” generacional. En lo referente a las diferencias culturales podríamos citar muchos ejemplos (dejar propina en Japón puede resultar ofensivo; los judíos no pueden hacer contacto físico con personas del sexo opuesto así que si alguien les tiende la mano para saludarles, lo ignorarán). Pero no es necesario un ejemplo muy extremo, simplemente pensemos en todos los hispanohablantes, y la forma a veces tan diferente de expresarnos, aunque sea usando las mismas palabras (“Voy a coger el autobús”, produciría risa y sorpresa en Argentina).

Consejo: a la mínima señal de duda, pregunta. Es mejor prevenir que caer en un error complicado de redirigir. En general tu interlocutor agradecerá tu preocupación.

7. Malinterpretar el mensaje.

Si hacemos el experimento de pedir a quien habla y a quien escucha que anoten lo que están queriendo decir y lo que han entendido, respectivamente, en general suele reflejarse una tendencia a equivocar la verdadera intención de lo expresado/oído.

Si nos centramos en los whatsapps, los mails, y otras comunicaciones parecidas se añade el problema de que se pierde todo el lenguaje no verbal, el tono, la expresión, etc.

Consejo: insistimos de nuevo en tratar de atender al máximo, preguntar, y parafrasear. Hacer reflejos simples y complejos (recuerda que cualquiera de estas habilidades y conceptos te los puede explicar y ayudar a practicar un psicólogo especialista en psicoterapia). Si eres el escritor del mensaje, no usar eufemismos o frases hechas. Ser lo más explícito posible.

8. Ser indirecto.

Si quieres que se te entienda bien, se directo y explícito. No seas sutil. Es inefectivo. Los demás no son clarividentes. No leen mentes. Asumir que el otro ha entendido el mensaje simplemente porque asiente con la cabeza o dice que sí, no es muy fiable. Es un error que se repite mucho entre los profesionales sanitarios.

Consejo: ¿Si te lo dijeran a ti de esa forma, lo entenderías? Trata de explicárselo al otro de forma que no haya lugar a dudas. Para ello seguramente tendrás que decirle cosas como: “No estoy seguro de haberme explicado bien, ¿me puedes decir lo que has entendido tú?”.

9. Criticar a la persona en vez de su comportamiento.

La falacia del argumento ad hominem. Cuando estamos molestos con alguien es fácil atacarle y menospreciar a toda su persona (“Eres estúpido”) cuando un comunicador efectivo (y justo) se centraría en criticar la conducta (“Conducir bebido es estúpido”), ya que las personas no somos buenas, malas, justas, injustas, etc., simplemente somos. Y luego hacemos cosas que (dependiendo de muchas variables) consideramos como buenas, malas, justas, o injustas.

Que alguien haga una, o muchas, tonterías no significa que toda su persona sea tonta. Del mismo modo, que alguien cometa, de forma intencionada o no, una injusticia, o lo que alguien considere una injusticia, no significa que esa persona sea totalmente, al 100%, injusta (porque eso supondría que es una característica intrínseca, perenne, y que todo lo que piense, diga, o haga, es injusto).

Consejo: céntrate en el argumento, tratando de considerar a la otra persona igual que tú. Las personas nos equivocamos, somos falibles, no perfectos. Del mismo modo piensa en que tú, sin darte cuenta, puedes estar en un error o confusión, y no ser capaz de verlo.

10. Evitar conversaciones difíciles.

Cuando anticipamos que a la otra persona le va a disgustar el mensaje y que va a originarse un conflicto, lo posponemos, a veces indefinidamente. Por ejemplo, cuando hay que dar malas noticias o hacer una crítica.

Nos justificamos diciéndonos que necesitamos tiempo para meditar tranquilamente cómo hacerlo adecuadamente. El error reside sobre todo no tanto en anticipar, si no en no cumplir con esa segunda idea y no reservarnos un tiempo para resolver esas dudas de cómo y cuándo hacerlo, para aumentar la probabilidad de que se nos entienda bien, causando el menor problema posible.

Cuánto más se alargue en el tiempo, peor. En ese tiempo lo ocurrido puede revelarse de muchas formas inapropiadas y confusas, causando otros problemas, como la pérdida de confianza del otro, o sentirse traicionado.

Consejo: un comunicador efectivo trata de permanecer abierto y honesto para solucionar los conflictos con prontitud y transparencia. Con preocupación por hacerlo bien y reducir el daño, pero sin miedo.

 

También es importante darse cuenta de que los problemas no vienen aislados. Forman parte de un todo, y algunas veces lo que empezó o derivó en un problema de comunicación, ha acabado en otro problema distinto (pérdida de afecto, disminución de las relaciones sexuales, infidelidades, prejuicios…).

La práctica hace al maestro. Y la práctica requiere esfuerzo y constancia. Un psicólogo especialista en psicoterapia puede ayudarte a analizar objetivamente los problemas, proponerte soluciones, y enseñarte la teoría y la práctica, así como darte feedback a medida que vayas avanzando para perfeccionar estas y otras habilidades.

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Tiempofuera

El Tiempo Fuera causa autismo.

Desde hace unos pocos años hay algunos psicólogos, pedagogos, y padres que vienen criticando la técnica del Tiempo Fuera. Consideran que es una mala técnica y que produce efectos negativos en los niños como minar su autoestima o ser una intervención “cruel”.

Desde nuestra opinión lo que ha sucedido con el Tiempo Fuera es lo que suele suceder con muchas técnicas de modificación de conducta: que se aplican mal. Como resultado lamentablemente los profesionales y los profesores o padres, concluyen que la técnica es mala, inútil, que simplemente no funciona o peor aún, que incluso es contraproducente. Las críticas se difunden rápido, y muchas veces se pueden leer en esas críticas en internet errores flagrantes, como que es “una técnica aversiva o de castigo”. No lo es. Ningún profesor/catedrático en Técnicas de modificación de conducta estaría de acuerdo con ésa afirmación. Y lo peor es que ésta idea equivocada se asume como cierta por la población general ya que algunos de sus críticos son psicólogos. Ha sucedido algo similar a lo que sucedió con la estupidez de que las vacunas causan autismo (tema por cierto muy bien explicado, en inglés, aquí: https://9gag.com/gag/aNAyP00?ref=ios.s.cp).

Una cosa sí es cierta: el Tiempo Fuera es difícil de aplicar adecuadamente (como muchas otras técnicas en psicología, por eso se requiere la supervisión de un experto, al igual que en la toma de medicación o la rehabilitación se requiere la de un médico que supervise). Por su aparente sencillez y el reduccionismo simplista con el que se explica la técnica (“retirar al niño de la situación”) puede parecer engañosamente fácil.

El Tiempo Fuera de Reforzamiento, o Tiempo Fuera, es una técnica de reducción de conducta (es decir, se usa para reducir/eliminar conductas inadecuadas o indeseadas) que consiste en sacar a la persona de la situación (o retirar la situación si es posible) en la que está obteniendo reforzamiento. Por ejemplo, cada vez que Fulanito de 7 años chilla a su hermano mientras están jugando a la videoconsola, se le retira 5 minutos de la situación de juego. Obviamente pasados esos minutos, Fulanito volverá a la situación en la que estaba, y por ello el Tiempo Fuera de Reforzamiento es menos eficaz que la extinción (pero el Tiempo Fuera suele, precisamente, usarse en situaciones en las que no es posible usar la extinción).

Las normas generales para la aplicación del Tiempo Fuera de Reforzamiento son:

  • Antes de aplicar el Tiempo Fuera, considerar el uso de otras técnicas de reducción de conductas (ya que como hemos explicado, no cambia el medio, de forma que al volver a él suele reaparecer la conducta indeseada. Además, en algunas contextos como el educativo, puede impedir la realización de conductas deseables -estudio, aprendizaje- si se saca al alumno de clase).
  • Identificar conductas alternativas apropiadas.
  • Identificar estímulos reforzadores (de forma general).
  • Utilizar en combinación con el refuerzo positivo de conductas alternativas. Es decir, usar la técnica de Refuerzo Diferencial de otras conductas. Muchas de las críticas de las que hablábamos al inicio abogan por sustituir el Tiempo Fuera por el refuerzo positivo, y tienen razón (más que sustituir, combinar, sería el término adecuado), pero no han descubierto la pólvora; es algo que cualquier manual de técnicas de modificación de conducta indica (pero la gente sólo se queda con que el tiempo fuera es castigar al niño metiéndole en el cuarto de las escobas como si fuera un ataúd. No lo es. El castigo -positivo o negativo- es otra técnica de intervención distinta, aunque se suelen confundir fácilmente).
  • Aplicarlo de manera contingente sólo con la conducta a eliminar/reducir.
  • Procurar que el área o situación donde se hace el Tiempo Fuera cumpla estas 3 condiciones:
  1.  Sin reforzadores o posibilidad de distracción, es decir que sea un sitio aburrido. (Si se va a un sitio igual o más reforzante, no se consigue que la persona quiera autocontrolarse después).
  2.  Sin estimulación aversiva. (Y aquí de nuevo es donde los críticos al Tiempo Fuera yerran. Una de las críticas que leímos se basaba en un vídeo en el que “se encerraba en una terraza a un niño con autismo que lloraba desconsoladamente”, en Málaga. Eso no es un Tiempo Fuera, eso es un castigo positivo.
  3.  Próxima al lugar de emisión de la conducta.
  • Duración moderada. Normalmente se usaba la regla de mantener a la persona (niño o adulto -sí también se puede usar en adultos- en Tiempo Fuera un minuto por año de edad. Aunque suele sugerirse que no sea más de 10 minutos.
  • Avisar antes de la aplicación del procedimiento. Como en cualquier técnica. Esto es fundamental. Que la persona comprenda la lógica (y esto por supuesto, es mejor hacerlo amablemente que a gritos y amenazas). Por ejemplo, Carmen acuerda con su marido lo siguiente: “Jose Luis, cada vez que viendo el partido de fútbol insultes, digas tacos, golpees la mesa, o tires el mando, para no dar mal ejemplo a nuestros hijos, yo te indicaré que te vayas a la cocina -donde ni se ve ni se oye el partido- durante 6 minutos. Si viendo el partido pasan 30 minutos sin hacer ninguna de éstas cosas, podrás tomarte un refresco de los que tanto te gustan”.
  • No prestar atención (a las quejas, por ejemplo) ni expresar disgusto o enfado mientras se acompaña a la persona a la zona de “aburrimiento”. Lo cual no implica ignorar totalmente al niño. Es más, se le deben reforzar verbalizaciones o conductas apropiadas o incluso neutras.
  • No finalizar el tiempo en la zona fuera de reforzamiento si la persona está realizando una conducta inadecuada (por ejemplo, ensuciando o desordenando la zona).
  • Si se da el punto anterior, utilizar la restitución (ver: http://www.psicologosespecialistasenpsicoterapia.es/sobrecorreccion/).
  • No aplicar el procedimiento si la persona lo está usando para salir de situaciones que no desea, como estudiar, estar en clase, o realizar un trabajo.
  • Y, quizá un punto más difícil de identificar, no usarlo si la persona manifiesta conductas autorreforzadas, ya que no se aburrirá (fantasear, cualquier tipo de autoestimulación…).

Toda la familia o participantes en ayudar a reducir esas conductas indeseadas deben conocer las normas. Si cuando se pide a un niño que vaya a Tiempo Fuera de Reforzamiento, sus hermanos se burlan de él, o los padres le gruñen diciéndole “¡Qué pesado eres!¡Ya estás otra vez! Me tienes harto”, es probable que tengan más peso esas cosas desagradables que el tener que dejar de jugar o ver la tele durante unos pocos minutos.

Los críticos a ésta técnica se escudan en esa mala aplicación, aversiva, amenazante, y hostil. Incluso hasta límites poco verosímiles, afirmando que los niños pueden sentirse menos queridos. En algún post de internet afirman que el objetivo de la técnica es “aislar de atención y por lo tanto de cariño”. Error. Se puede hacer con todo el cariño del mundo. No pasa nada por que el niño se aburra. Al contrario, es parte del proceso de madurar, aprender a tolerar la frustración, y comprender que existen las consecuencias. No pasa nada porque el niño vea que no puede hacer lo que se le antoje y cuando se le antoje. No son de cristal ni se traumatizan por que se le diga que “No” a algo, siempre y cuando se haga con cariño, y se haga bien, como se indica en los puntos arriba. “Fulanito: eres genial, estupendo y maravilloso; pero golpear a tu hermana cada vez que te adelanta en el parchís está muy mal hecho”. Observemos que se critica la conducta, no al niño.

Es importante considerar el Tiempo Fuera como una técnica puente para desarrollar conductas alternativas o modificar el ambiente de forma permanente (como quitar la televisión o el ordenador del cuarto de estudio).

Para finalizar, algunos ejemplos que pueden orientar a quien lea esto a tenerlo aún más claro:

Conductas a reducir

Estrategias de Tiempo Fuera

Tirar bolas de papel en clase que provocan la risa de los compañeros. Poner su pupitre al lado del profesor y mirando hacia delante, de espaldas a sus compañeros.Sacarle de clase y tenerle en la puerta. (Atención: insistimos en leer más arriba por qué esto no es tan deseable. Combinar además con instruir y reforzar a los demás alumnos con no reforzar éste comportamiento).
Tardanza en realizar los trabajos de clase. Establecer un momento límite para recogerlos, después del cual ya no tendrá calificación.
Morderse las uñas mientras ve la televisión. Apagar la tele cinco minutos cada vez que se muerde las uñas.

 

Ventajas del Tiempo Fuera

Desventajas del Tiempo fuera

-Reducción efectiva de la conducta.-Puede usarse incluso sin conocer exactamente los estímulos reforzadores.-Puede usarse sin controlar los estímulos reforzadores.-Facilita un periodo de tiempo para desarrollar conductas alternativas. -La supresión suele ser gradual y no permanente.-Supone un tiempo sin hacer nada (lo cual es poco constructivo).-Puede suprimir otras conductas que deberían aparecer en ese tiempo.Si las condiciones del medio no cambian, al retornar a él, volverá a aparecer la conducta problema.-A veces facilita la aparición de respuestas emocionales e incluso agresivas. El niño (o adulto) trata de oponerse (ya que prefiere jugar con cerillas que estar en la cocina ayudando a cargar el lavavajillas). Algo similar al estallido de extinción.

 

Todo lo aquí mencionado viene explicado en cualquier manual de técnicas de modificación de conducta (los dos que se han usado aquí se citan abajo). Nos da mucha pena leer las tergiversaciones que se hacen de ésta u otras técnicas o de la psicología en general, por el daño que causan, y, sobre todo, porque se hubieran resuelto leyendo las 3 ó 4 páginas que ocupa ésta técnica en un manual. Antes de criticar, es mejor ser críticos, e informarse de fuentes fiables, o, si se desconoce si la fuente es fiable o no, de varias fuentes que digan cosas distintas y usar el sentido común.

 

Referencias:

Labrador, F.J. (Coord.) Manual de técnicas de modificación de conducta. 2008. Pirámide.

Crespo, M., Larroy, C. Técnicas de modificación de conducta. Guía práctica y ejercicios. 1998. Dykinson.