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Autoestima: un concepto obsoleto e inútil

Autoestima etimológicamente significa aprecio o amor hacia uno mismo. Sin embargo la autoestima tiene un “apellido” el cual solemos obviar. Su nombre completo es Autoestima condicionada. La autoestima siempre es condicionada, ya que nos valoramos positiva o negativamente en función de los estándares de la sociedad. Si aquello que hago, pienso, o siento, es aceptado por la sociedad como “bueno”, entiendo que estoy haciendo las cosas bien, y me valoro como bueno o válido. Mientras los demás me den su confirmación, su permiso, me aplaudan y me digan que estoy haciendo “lo correcto” y yo esté convencido de ello, me sentiré bien respecto a mí mismo.

Del mismo modo cuando los demás no aprueben lo que hago, me censuren, o simplemente no me valoren, y yo lo asuma como algo negativo, me etiquetaré como malo, inferior, o no válido y me sentiré acorde a ello.

¿No resulta ridículo que sentirse bien o mal con uno mismo dependa de cómo me valoren los demás? Especialmente porque los seres humanos somos imperfectos. Nuestras opiniones son subjetivas, creamos normas arbitrarias, criticamos sin saber, nos equivocamos, nos cansamos, cometemos errores. Incluso cosas perfectamente normales hemos llegado a verlas como indeseables y malas, porque la publicidad, el cine, las modas, las religiones, las tradiciones, las supersticiones, lo que sea, nos han impuesto ser perfectos. Y los seres humanos no somos perfectos. ¿Quién se levanta bien peinado y con aliento olor a menta fresca?, ¿quién no ha metido enormemente la pata más de una vez?, ¿quién no ha suspendido un examen (o dos, o tres…o cinco)?

Quizá nos es muy difícil librarnos totalmente de este yugo, ya que es agradable que nos valoren positivamente, ¡desde luego!, y es desagradable que nos valoren negativamente, por supuesto, pero una buena alternativa a la tiranía de la autoestima condicionada es la autoaceptación incondicional. Aceptarme incondicionalmente (bajo cualquier circunstancia y situación) a mí mismo con mis virtudes y mis defectos. ¿No resulta esto más lógico y menos nocivo?

¡Ojo! Aceptar no es resignarse y conformarse con cualquier cosa. He de tener en cuenta que puedo hacer cosas para mejorar, potenciar lo bueno y tratar de corregir lo que no ME satisfaga del todo. Por ejemplo, si mi trabajo exige hablar en público, se me da fatal, y quiero mejorar, puedo practicar y practicar hasta volverme un maestro (y aún así tendré que asumir que unas veces se me dará mejor y otras peor).

Habrá cosas imposibles de cambiar; por ejemplo, no puedo cambiar mi estatura. Si soy muy bajo y, aunque me gustaría ser más alto, veo que no hay forma de crecer, tendré que aceptar un aspecto de mi condición física que no me gusta, pero no por ello es “malo” y una prueba de que soy peor, menos válido, menos capaz de caer bien, de ligar…etc. Puede que me moleste y me resulte incómodo en algunas situaciones pero sigo teniendo otras muchas cualidades positivas y la capacidad de disfrutarlas. Soy mucho más que mi estatura. Quizá no puedo ser jugador de baloncesto profesional, cosa que me habría encantado, pero eso no significa que no pueda jugar y pasármelo bien, ser entrenador, o dedicarme profesionalmente a otro deporte que me guste.

El siguiente (y justo) paso, es ser capaz de aceptar incondicionalmente a los demás y a la vida en sí.

Es hora de evolucionar. Actualicemos nuestro software respecto a este concepto. La autoestima es ya algo obsoleto e inútil. La autoestima condicionada se ha extinguido a sí misma debido a su inutilidad; la aceptación incondicional surge de su obviedad.