Buena suerte, mala suerte.

En una pequeña granja vivían un padre y un hijo. Un día una yegua se escapó y el hijó se lamentaba diciéndole a su padre:

-”¡Padre! ¡Una yegua se ha escapado! ¡Qué mala suerte!”.

A lo que su padre respondió, encogiéndose de hombros:

-”Buena suerte, mala suerte. No se sabe”.

Unos días después regresó la yegua, buscando la comodidad de la granja donde se había criado, y llego preñada.

-”¡Qué buena suerte!”, exclamaba el hijo.

A lo que su padre respondió:

-”Buena suerte, mala suerte. No se sabe”.

Nacido el potro, el hijo quiso montarlo, pero se cayó y se rompió una pierna.

-”Padre, ¡qué dolor! Y con mi pierna rota no podré ayudar en la granja hasta que sane. ¡Qué mala suerte he tenido!”, le decía postrado en la cama.

A lo que su padre le contestó:

-”Hijo mío, mala suerte, buena suerte… No se sabe”.

Estalló la guerra, y los soldados buscaban jóvenes que fueran a morir por su patria. Pasaron por la granja, y se fueron con las manos vacías, pues el joven, al tener la pierna rota, les resultaba inútil, un lastre. No se podían llevar. Y la gente del pueblo le decía al padre:

-”Tu hijo se ha librado de la guerra. ¡Qué buena suerte!”.

A lo que el padre respondió:

-”Buena suerte, mala suerte… “.

 

No podemos controlar muchas cosas, y la adversidad es parte de la vida. Sin embargo sí podemos controlar cómo nos adaptamos a las circunstancias. Ser excesivamente negativos o ingenuamente positivos, no es realista, y nos llevará a un peor afrontamiento de las situaciones. Recordemos que “no son los acontecimientos lo que nos perturba, si no la interpretación que hacemos de ellos”. Se puede aprender a pensar de forma más racional, lo cual nos llevará a una mejor calidad de vida.

 

¿Deseas aprender?