Por qué castigar no es eficaz.

Si utiliza usted el castigo a menudo con sus seres queridos, en sus relaciones personales, o con usted mismo, sepa que muy probablemente lo esté haciendo mal, y lo único que consiga sea empeorar las cosas.

Castigar básicamente es someter a alguien a algo desagradable: una bofetada, un insulto, un temor, una humillación, un desprecio, sarcasmo… (Existe otra forma de castigar -la sanción- privar de algo agradable, un método del cual no se hablará aquí).

Utilizamos el castigo con la intención de que la otra persona no repita un comportamiento. Por ejemplo: veo a mi hijo jugando con cerillas y le doy un azote en el culo mientras le grito “¡Qué malo eres! ¡Eso no se hace!”, para que no lo vuelva hacer (o ésa es mi intención. Iluso de mí).

Pretendemos que a través de un golpe el niño deduzca cosas y piense: “¡Cuidado! el fuego es muy peligroso. Puedo quemarme y hacerme mucho daño o hacérselo a otros. Es mejor jugar con otra cosa”. Sea realista, ¿le funcionaría a usted? Si le despiden usted deduce espontáneamente los errores que ha cometido en su trabajo y mágicamente no los vuelve a cometer jamás? Si su pareja le dice “¡Me pones de los nervios!”, ¿se daría cuenta de que a ella la irrita eso que usted lleva haciendo (o no haciendo) durante dos semanas seguidas? Los seres humanos no tienen la capacidad de leer la mente. Que para usted esté muy claro el “error” no quiere decir que para los demás sea tan obvio o incluso que sea un error.

Sin embargo se abusa del castigo aversivo porque se nos antoja fácil (no hay que ser muy listo ni sudar mucho para dar un portazo o insultar), rápido, y eficaz, aunque esto es mera ilusión.

“Pero…yo dejé de jugar con cerillas cuando mi padre me dio una bofetada” dirá alguien. Lo que con mucha probabilidad realmente ocurrió es que usted dejó de jugar con cerillas no porque entendiese que es peligroso, sino por miedo a su padre y a sus bofetadas (y que posteriormente y de otra manera aprendiera lo peligroso del fuego). Alguien insistirá “¿Qué más da? El objetivo se ha cumplido; dejar de jugar con cerillas”. Hay que tener en cuenta que nos relacionamos con personas, no con robots. Sienten, sufren, y tienen la necesidad y el derecho de comprender el porqué de las situaciones o actuaciones que repercuten en ellos. Que a usted no le importe no quiere decir que a los demás tampoco.

Aplicar bien el castigo no es fácil debido a que:

  1. Debe ser suficientemente intenso o no tendrá efecto. Y esto a veces no resulta aceptable (“¿Cómo de fuerte he de abofetear a mi hijo para que no juegue con las cerillas? ¿Cuánto he de humillarle diciéndole lo vago que es y que no llegará a ser nada en la vida para que estudie más y mejor?”).
  1. Debe ser inmediato. Si le castigo al día siguiente no es tan efectivo como hacerlo mientras está en ello o justo después de haber quemado el sofá. No asociamos el castigo a la conducta si es demorado.
  1. Se debe castigar todas y cada una de las veces que se dé el comportamiento a eliminar. Y es imposible estar al corriente de cuándo sucede cada cosa.
  1. El castigo pierde efecto si la motivación de la otra persona es muy alta. Si a su pareja le encanta fumar, es poco probable que sus gritos, quejas, críticas o reproches consigan algo más que deteriorar la relación. Eckhard Hess en un curioso experimento clásico trató de disuadir a unos patitos para que dejaran de seguir a su madre con pequeñas pero molestas descargas eléctricas, pero sólo consiguió potenciar ésta conducta y que la siguieran más y más de cerca.
  1. Siempre hay que ofrecer alternativas no castigadas. Si fumar dentro de casa está prohibido, permitir que se pueda fumar en la calle o en la terraza. Si no se puede jugar con cerillas, ofrecer la posibilidad de jugar al balón o a otra cosa.

 

Muchos de estos factores están fuera de nuestro control, y conllevan inconvenientes como:

  1. A veces desaparece la conducta que queremos eliminar (jugar con cerillas) y otras que están asociadas a ella y que no eran nuestro objetivo (el niño evitará entrar en la cocina, donde jugaba con las cerillas, o tocar cosas que no sean estrictamente juguetes, o que se parezcan a las cerillas).
  1. Aparecen conductas no deseadas ya que se asocia la persona que nos suministra el castigo con las sensaciones desagradables que ello provoca, de tal manera que el castigado acaba odiando o temiendo al castigador. Los adolescentes que han sido “educados” con este método desarrollan fuertes deseos de venganza hacia sus padres o educadores, quienes ven que el castigo se ha vuelto en su contra (“Cuando era pequeño podíamos con él, pero ya es muy grande y fuerte, y tenemos miedo ¿Por qué nos odiará tanto?”, “Algún día mis padres se van a enterar, cuando sea mayor y no me puedan hacer nada”, “Mi hijo pequeño llora cuando vuelvo del trabajo y corre a abrazarse a su madre”).
  1. Enseñamos a los demás. Con nuestro ejemplo decimos que ser castigador es “lo que hay que hacer”, el modo “correcto” de actuar cuando te molesta algo de los demás. Y los demás aprenden respondiendo igual o evitándonos (“¿Porqué mis amigos/empleados/compañeros de trabajo me evitan?”, “Mi hijos no paran de gritar y criticarme”).
  1. También suele suceder que la persona hace “la conducta prohibida” a escondidas; por ejemplo aprovecho que he quedado con un amigo y no está mi mujer para saltarme la dieta, fumar…
  1. E incluso puede el castigo en acabar convirtiéndose en un premio. Ejemplo: el castigo aumenta la probabilidad de que un niño reciba atención que no obtiene de otra manera, y por lo tanto le compensa.

 

Conclusión: el castigo es difícil de aplicar y poco eficaz, aunque se haga correctamente. Debe administrarse con precaución. Aprender a hacer las cosas de otra manera puede ser más tedioso, porque exige paciencia, pero obtendrá mejores resultados a largo plazo, más sanos y duraderos.

¿Desea aprender?