Hijos que agreden a sus padres

 

La violencia en el ámbito familiar es un fenómeno que en los últimos años ha recibido una amplia atención por parte de nuestra sociedad. Las agresiones dirigidas a los hijos o la violencia de género han vivido además de la atención la generación de una mayor conciencia social y, en consecuencia, la creación de numerosos recursos y abordajes, incluso leyes, destinados a eliminar este tipo de comportamientos.

Sin embargo, dentro del seno de la familia también existe otro tipo de violencia que no ha recibido tanta atención, la violencia de hijos a padres. A priori podría parecer un fenómeno inusual e incluso poco frecuente, sin embargo, los datos nos ponen sobre la pista de la relevancia social que este fenómeno está tomando en los últimos años. De hecho, instituciones como la Fiscalía General del Estado, pusieron de manifiesto ya en el 2010 su preocupación al respecto debido al aumento del número de denuncias de padres a hijos por agresiones.

En consecuencia, cada vez se conoce más en profundidad el fenómeno y las características que definen a las personas implicadas en el mismo. En este sentido, dificultades como la falta de autocontrol en los menores, la baja empatía, los problemas en la comunicación o la presencia de pensamientos que ayudan a los adolescentes a justificar su comportamiento y a concebir la violencia como un modo legítimo de resolver los conflictos, podrían estar detrás de las agresiones dirigidas a sus padres.

Sin embargo, responsabilizar únicamente a una de las partes nos haría caer en un reduccionismo que no se ajusta a la realidad. De hecho, a día de hoy existen ya numerosos estudios que han puesto de manifiesto la influencia que los padres tienen también en la aparición del problema. Por supuesto, no debemos caer en la culpabilización, puesto que es obvio que los padres nunca buscan generar este tipo de reacciones en sus hijos.  Sin embargo, ciertas dificultades como los problemas de comunicación, las pautas educativas carentes de límites o, por el contrario, demasiado rígidas, e incluso el uso de la violencia por parte de los progenitores para educar a sus hijos, pueden favorecer la aparición y mantenimiento del problema.

No obstante, la responsabilidad tampoco debe recaer únicamente en los miembros de la familia implicados. De hecho, la sociedad juega también un papel fundamental en cuanto a la justificación y minimización que en numerosas ocasiones hacemos de los comportamientos agresivos. Así, parece que el hecho de gritar o insultar, no lo incluiríamos dentro del concepto de violencia. Sin embargo, es importante que tomemos conciencia de que los empujones, bofetones o incluso palizas, no surgen de manera espontánea. De hecho, suelen darse tras un proceso prolongado de cronificación que, finalmente, acaba traduciéndose en lo que se conoce como el fenómeno de la escalada. Es decir, para que un menor acabe dando un puñetazo o un bofetón a uno de sus padres, lo más probable es que previamente hayan existido discusiones en las que éste haya gritado, insultado, amenazado o incluso dado un portazo o un empujón. Y pese a que pudiera parecer lo contrario, un grito o un insulto es también una agresión y, por ello, es recomendable tomar medidas cuando estos comportamientos comienzan a aparecer, en vez de esperar a que la situación se cronifique, volviendo la convivencia familiar algo insostenible.

Ya sea debido a la presencia de agresiones verbales o físicas, es evidente que esta situación familiar tiene consecuencias sobre todos sus miembros. Tristeza, ansiedad, enfado o miedo, son varias de las emociones que pueden acompañar tanto a los padres como a los hijos, siendo difícil en ocasiones salir de esta situación sin recurrir a una ayuda externa.

Por todo esto, es importante animar a los padres a pedir ayuda desde el mismo momento en el que surjan los conflictos, tratando de dejar atrás la culpa o la vergüenza y evitando así que la situación se agrave. Teniendo además muy presente, la importante labor que los psicólogos están realizando en la actualidad de cara a eliminar los comportamientos agresivos y mejorar de manera sustancial las relaciones familiares.

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